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Fidel y yo

altMi padre, Pablo Chang, nació el 5 de abril de 1924 en China. Como campesino muy pobre, vivió episodios traumáticos, tales como la Segunda Guerra Mundial y la proclamación de la República Popular de China. Bajo el nuevo régimen comunista en China, la situación económica se agravó. Hubo escasez de alimentos, problemas de infraestructura y carencia de educación.

En 1950, mi padre decidió escapar del comunismo y emigró a Cuba, lugar donde residía su hermano mayor. Al llegar trabajó sin cesar en un pequeño colmado y más tarde en 1955 logró establecer su propio negocio. En 1961 se casó con una joven cubana natural de Santa Clara.

El nuevo régimen comunista de Fidel Castro, establecido en 1959, poco a poco dificultó la vida de mi familia. Mis padres con mucho sacrifico habían establecido una tintorería en Centro Habana, entre la Calle Infante y San Rafael. Un día al llegar a la tintorería, el gobierno comunista la había nacionalizado. En otras palabras, se la quitaron sin hacer preguntas ni dar respuestas. Además, la casa que tenían tuvieron que compartirla con otras familias.

Mi madre fue enviada a cortar caña diariamente, por periodos de 12 a 14 horas, sin ningún tipo de paga o remuneración. Todos los ahorros, esfuerzos y sacrificios los perdieron. Mi familia no tuvo otra alternativa que emigrar. Así, en 1970, luego de varios intentos, lograron salir y establecerse en España. Años más tarde llegaron a Miami y posteriormente se mudaron a Puerto Rico, todo en busca de libertad y bienestar económico.

No lo puedo decir de otra manera, el gobierno de Fidel Castro destruyó el núcleo de mi familia. Como resultado de la Revolución Cubana, que muchos en Puerto Rico admiran, nunca conocí, ni conoceré, una gran parte de quienes debieron ser mi familia. No tuve tíos o primos, ni navidades celebradas con la familia extendida.

En vida no hubo día que mi madre no me hablara de Cuba y su ciudad de Caibarien en Santa Clara y de lo mucho que la extrañaba. Con sus historias conocí las provincias de Matanza, Pinar del Río, Sagua la Grande y Remedio, entre otras. La gente no se imagina lo mucho que me hubiera encantando poder visitar a Cuba junto a mi madre y que me contara en su ambiente y espacio sus anécdotas de infancia. Ella murió sin regresar jamás a su tierra, pues a los cubanos que salían, por años, se les prohibió volver.

Acá, en ocasiones me indigna ver cómo muchos aplauden el gobierno de Fidel Castro. A esos les digo que, desde lejos, todo es bello y maravilloso. De cerca las cosas suelen ser un poco diferente. Si todo fuera tan bueno en Cuba, entonces miles de cubanos no arriesgarían sus vidas diariamente tratando de salir.

Ciertamente hay que destacar los numerosos avances médicos que se han realizado en Cuba, pero estos benefician solo a aquellos que puedan costearlos, en su mayoría extranjeros. No es un secreto, el cubano de a pie pasa muchas necesidades, lo he visto, sentido y vivido, pero muchos no pueden decirlo.

Carecen de libertad, no pueden opinar y viven ante la incertidumbre diaria. Pero a Fidel también tengo mucho que agradecerle. Mis padres salieron de Cuba sin nada, Fidel les quitó todo, eso los hizo más fuertes, porque no les pudo quitar las ganas de vivir, progresar y de educar a sus hijos con decencia y rectitud.

Mis padres, a pesar de casi no tener escolaridad, tuvieron la valentía de enfrentar el régimen, salieron de Cuba y comenzaron desde cero. Con su ejemplo, me enseñaron la disciplina, dedicación, honestidad y, sobre todo, la perseverancia.



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