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EduPensar: Muros y puertas

altLeyendo sobre la Cuba en los tiempos de morir Fidel Castro, me encuentro con la poesía musical de Carlos Varela, quien nos canta “Muros y puertas”.  Los versos de su canción poética o de su poesía musicalizada nos hablan muchísimo de esos muros y puertas que existen no sólo en Cuba, sino en diferentes rincones de nuestro planeta.

Parte de sus versos dicen así: “Desde que existe el Mundo / hay una cosa cierta / unos hacen los muros / y otros hacen las puertas, pero eso mi amor / creo que ya lo sabes. Y siempre fue así, y eso tú lo sabes / que la libertad solo existe / cuando no es de nadie”.

Esos sencillos, pero profundos versos nos hacen pensar muchísimo en esos lugares donde imaginamos que existen libertades, pero en los que se construyen muros alimentados por los prejuicios.

La cruel realidad es que en Cuba existe represión y grandes muros creados desde adentro o desde afuera, pero también es cierto que tanto en los Estados Unidos, como aquí, existen esos mismos muros que alejan a la humanidad de la tan deseada hermandad.

Nadie se llame a engaño, ahora mismo, en estos precisos momentos, Donald Trump y sus acólitos se disponen a erigir muros entre la supremacía blanca y todo aquella persona que proceda de México o esa América indiada que tanto a ellos le asusta.

Que no nos quepa duda que allá en el norte se gestan acciones que tanto los latinos como diversos emigrantes lamentarán en la década que se aproxima porque los muros no sólo serán de hormigón, sino del más increíble y abominable prejuicio alimentado por diversas frustraciones de una nación dividida hasta el tuétano.

Lo cierto es que nuestros mundos, los del norte y los de aquí, están hechos de muros y puertas. Los muros nos sirven para distanciarnos, para creernos mejor o dejar aflorar los inmensos egos que se ven retratados en los congresos inútiles de la política internacional o bien en las diversos “selfies” o fotografías creadas para dar la sensación de que vivimos una vida perfecta en Twitter, Facebook y todas “ventanas” al mundo, por cierto falso, que hemos inventado.

Los muros nos atan al prejuicio impregnado en cuanta piel existe y tanto discriminan los dominicanos de los más negros hatianos, como nosotros mismos muchas veces renegamos a nuestros hermanos dominicanos, aunque ya lo hagamos con cierta cautela, una vez se nos desmoronó ese mundo tipo “Disney World” en que creíamos vivir.

Los muros existen. Esos diques, escudos o prejuicios existen tanto en el pseudolíder que se entroniza en su puesto a cuenta de las libertades individuales que nos hacen más “gente” y únicos y también en aquel gerente o supervisor que piensa que sus supervisados solo existen para producir y que están imposibilitados de pensar y actuar mejor que sus “jefes”.

Nadie se llame a engaño, los muros existen porque no son pocos lo que se levantan cada mañana con el único propósito de apagar la luz de otro para así brillar; es decir, los muros también existen en cada persona que alimenta su inmenso ego al creerse indispensable o enviado por Dios con el único objetivo de lograr propósitos oscuros, entre ellos algunos falsos líderes de iglesias o congregaciones que, amañadamente, esconden fortunas.

Por otro lado,  en nuestros mundos, los del norte y los de aquí, también existen puertas. Como dijo el poeta mencionado “la libertad existe, cuando no es de nadie” y es ahí mismo cuando oteamos puertas o visiones más justas para todos los seres que habitan este bendito planeta.

Las puertas existen en cada ser que concibe a su semejante tan digno como él o ella o cuando en verdad se practica aquello de que cada ser humano fue creado “igual”. Las puertas existen cuando en nuestros hogares reina la paz y cada miembro es respetado, independientemente de su género, edad o “inteligencia”.

Las puertas existen cuando en nuestros trabajos actuamos con rigor y, al mismo tiempo, con justicia. Las puertas existen cuando en los gobiernos municipales, nacionales o federales prevalece el respeto a la disidencia y la política, la genuina, se realiza mediante los cánones estrictos que anhelan el “bien común” y practican la tan deseada ética.

Como ven amigos lectores, la poesía musical nos da su particular lección en este mundo de inmensas contradicciones. A todos nos toca una palabra, un acento musical o una advertencia de un poeta-músico, como Carlos Varela.

“De qué sirve la luna / si no tiene la noche / de qué sirve un molino, si no quedan Quijotes”, termina el poeta.  Tiene toda la razón. A todos nos toca derrumbar muros y abrir puertas allí donde nos encontremos… pero eso ya lo sabíamos, aunque, tal vez, lo olvidamos.

Felixlrm@gmail.com



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